Jubilarse a los 65 años ya no es una posibilidad al alcance de todos los trabajadores en España. El sistema de pensiones lleva años endureciendo progresivamente las condiciones de acceso, al mismo tiempo que aumenta la edad ordinaria de jubilación. El problema es que este cambio no siempre tiene en cuenta una realidad evidente: no todos los trabajadores llegan al final de su vida laboral en las mismas condiciones físicas ni pueden mantener el mismo ritmo de trabajo hasta los 67 años.
La modificación introducida por la reforma de las pensiones de 2011 estableció un calendario para elevar gradualmente la edad de jubilación. En 2026, quienes quieran retirarse a los 65 años necesitan haber acumulado al menos 38 años y 3 meses de cotizaciones. En caso contrario, la edad ordinaria se sitúa en los 66 años y 10 meses. El resultado es que una parte de los trabajadores tiene que prolongar su vida laboral varios meses más de lo que quizá esperaba.
Aquí aparece uno de los principales problemas señalados por Alfonso Muñoz Cuenca, funcionario de la Seguridad Social especializado en pensiones. El experto pone el ejemplo de personas que llegan a los últimos años de su carrera profesional completamente desgastadas, pero que no necesariamente tienen una enfermedad o una incapacidad reconocida que les permita abandonar antes el mercado laboral.
El desgaste resulta especialmente evidente en determinados sectores. No afronta las mismas exigencias una persona que trabaja en una oficina que alguien que lleva décadas realizando trabajos físicos, trabajando en un hospital con turnos prolongados o desempeñando tareas que requieren permanecer muchas horas de pie. Como explica Muñoz Cuenca, hay trabajadores que difícilmente pueden llegar a los 67 años realizando determinadas profesiones al ritmo que se les exige actualmente.
El problema es que el cansancio acumulado no siempre aparece reflejado en un diagnóstico médico. Una persona puede haber perdido capacidad física, necesitar más tiempo para recuperarse o no soportar jornadas tan exigentes como cuando tenía 40 años y, aun así, no cumplir los requisitos para obtener una incapacidad. De esta manera, puede verse obligada a continuar trabajando pese a que los últimos años de su carrera se hayan convertido en una etapa especialmente complicada.
A esto se suma otro obstáculo: los años cotizados. La trayectoria profesional de muchos trabajadores no ha sido lineal, especialmente entre quienes han encadenado contratos temporales, periodos de desempleo o interrupciones relacionadas con el cuidado de familiares. Al llegar a los 65 años, algunos descubren que no han acumulado suficientes cotizaciones para acceder a determinadas modalidades de jubilación.
La jubilación anticipada voluntaria, por ejemplo, exige haber cotizado un mínimo de 35 años. Esto deja en una situación complicada a trabajadores que, pese a haber alcanzado una edad avanzada, todavía no reúnen las condiciones necesarias para abandonar su empleo. El caso resulta especialmente relevante entre quienes comenzaron a trabajar tarde o han sufrido numerosos periodos sin cotizar durante su vida profesional.
Ante esta situación, Muñoz Cuenca plantea una alternativa basada en lo que denomina "desaceleración laboral". La idea consiste en que el paso del trabajo a la jubilación no tenga que producirse de manera repentina, sino que pueda existir una etapa intermedia durante la que el trabajador reduzca progresivamente su jornada y sus responsabilidades mientras se prepara el relevo.
La legislación española ya contempla una fórmula que permite aproximarse a este modelo: la jubilación parcial con contrato de relevo. En determinadas circunstancias, el trabajador puede reducir su jornada entre un 25% y un 75% y comenzar a cobrar parte de la pensión, mientras la empresa incorpora a otra persona para cubrir las horas restantes. De esta forma, el trabajador veterano puede disminuir su carga y transmitir sus conocimientos antes de retirarse definitivamente.
El debate, por tanto, va más allá de decidir a qué edad debe jubilarse una persona. El aumento de la esperanza de vida permite que los ciudadanos disfruten de muchos más años después de abandonar el mercado laboral, pero vivir más no significa necesariamente poder trabajar durante más tiempo en las mismas condiciones. Por eso, una jubilación progresiva podría convertirse en una vía para adaptar el final de la vida laboral a las capacidades reales de cada trabajador, evitando que llegar a los últimos años de carrera suponga simplemente aguantar hasta alcanzar la edad exigida.